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El luchador

April 21, 2009

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La épica batalla de los perdedores

Darren Aronosfy ofrece una tierna mirada de depuración estilística hacia la autodestrucción de un luchador en busca de redención al que da vida un colosal Mickey Rourke.

La cosa va de luchas. La de Randy “The Ram” Robinson, un luchador de ‘wrestling´ que un día fue un ídolo para el público que sigue con fervor este espectáculo tan yanqui que es el ‘pressing catch´, mezcla la adoración al cuerpo humano moldeado a base de esteroides y gimnasio, la lucha pactada (a veces grotesca) y la función circense y vulgar. En síntesis; deporte y teatro. Los ejemplares títulos de crédito de ‘El Luchador´ dan la pauta de un prólogo sin necesidad de imágenes que vayan más allá de los recortes de periódico que acapararon la prensa en el pasado para destacar la grandeza de este enérgico gladiador que un día fue el más grande. Sin embargo, los tiempos cambian y Randy ahora sobrevive peleando en pequeños ‘shows´ y ganándose la vida haciendo horas extras en un supermercado. Es la historia de un hombre que sólo conoce una forma de vida, una pasión y que se convertido en un recuerdo difuminado. Desde ese momento, ‘El luchador´ no expone un guión innovador o volcado en sorpresas. Es otro de esos viajes a la América Profunda para vivir una vida despojada de encanto, de un perdedor que busca subsanar los errores del pasado y la redención. Esta redundancia temática no afecta al devenir de la película, ya que no engañan a nadie en el desarrollo de un drama que aglutina grandes dosis de honestidad e ingenuidad a la hora de manejar los tópicos y el arquetipo.

Poco tiene que sorprender que una película como esta venga firmada por un cineasta contracorriente como Darren Aronofsky, autor de títulos como ‘Requiem por un sueño´ y ‘La fuente de la vida´, puesto que ‘El luchador´ no deja de contener ese riesgo al mostrarse como una cinta verdaderamente independiente, sin casi recursos económicos, que sacude la mirada del espectador con su humilde empeño por contar una historia desprovista de la artificiosidad barroca y psicodélicamente visual que muchas veces se ha achacado al autor. Aronofsky evita la concesión a la opulencia estética y adecua los medios formales al discurso, con depuración estilística, respondiendo a las exigencias de la historia que se narra, pero no abandona su interés por los personajes a los que la cultura norteamericana ha abandonado a su suerte, que simbolizan la derrota ante un sueño americano dado de bruces con la frustración y los sueños rotos. Es conmovedor la mirada con la que el director recrea a ese luchador con heridas físicas y afectivas, alejándose de la indulgencia y el melodrama. Para Aronofsky el respeto por su personaje se cimienta en la minuciosidad con la que sigue, cámara en mano, a “The Ram”, con un sentido quirúrgico, cercano al documental, buscando siempre la concesión final a su dignidad como persona, más allá del cuerpo machacado por los años y su súplica de redención. ‘El luchador´ ofrece un recital de verdad, de traslúcida contrición, de devoción por cada plano y secuencia por que la que transita esta diáfana fábula sobre el fracaso.

También es una turbadora radiografía del Wrestling de bajos fondos, despojado del ‘glamour´ y espectáculo que mueve gran tonelaje de dinero, del ‘show business´ que conocemos como WWE, aquél que subsiste una vez que acaba la gloria masificada. Aronofsky cuida al detalle esa obsesión de los luchadores por ofrecer un espectáculo realista, junto a los ambientes de gimnasio, de anabolizantes, de camaradería fraternal antes y después de los combates. No es difícil imaginar tantos y tantos luchadores como Randy, que perviven en un mundo tan autodestructivo como el que se plasma en pantalla. Desde ése punto de vista, no es extraño que el filme se empape por completo de la concisa melancolía que desprenden sus secuencias, de la dureza realista de todo el periplo vital de un viejo fracasado, pero sobre todo de esa nostalgia generacional que suena a golpe de música ‘heavy´ de los 80, cuando el ‘pressing catch´ se surtía del ensordecedor rugido de grupos como Accept, Scorpions, Firehouse, Slaughter o los Guns N´ Roses. El paso de los años va arrancando lo que Randy simbolizó, plasmado con una grandeza inalcanzable en esas lágrimas ante su incapacidad por recuperar a su hija, a la que abandonó siendo una niña, en ese chaval que le abandona porque el juego en el que él es el protagonista ha quedado tremendamente envejecido ante las consolas de moda o la desangelada convención organizada en un local de la Legión Americana, donde las viejas glorias de la lucha libre firman autógrafos, se hacen fotos con sus ‘fans´ e intentan vender los VHS de sus mejores momentos para sacarse unos cuántos dólares. ‘El luchador´ destila humildad, suciedad urbana y realidad cuando habla de la autenticidad de las personas, de todo aquello que hace a Randy incapaz de rendirse y siga luchando por seguir siendo lo que siempre fue.

El contrapunto, en este mundo suburbano de ‘losers´, lo pone Cassidy (sublime Marisa Tomei), una sugerente ‘stripper´ madura que también empieza a plantearse el fin de sus días sobre el dudoso escenario. Es el único personaje que sabe ver la necesidad de afecto de un hombre a punto de derrumbarse, que se ve reflejada en él cuando es evidente que la madurez y los años han hecho de ella una persona totalmente diferente a la que un buen día soñó, cuando deja de resultar atractiva para los clientes más jóvenes. No es una historia de amor, sino de supervivencia, de seres que se necesitan como confidentes, como endebles apoyos morales para soportar la dureza con la que el destino va definiendo sus vidas. Llegados a este punto de una apasionante crónica del fracaso y de los valores humanos de gente imperfecta, para “The Ram” el combate más importante ya no es contra sus rivales, ni por recuperar una fama que sabe perdida. La verdadera batalla se libra contra su propia soledad en un ‘ring´ tan poco idóneo como es la realidad.

Pero si algo en el filme aporta la humanidad y la excelsa dimensión dramática a la historia es la figura de Mickey Rourke. Mucho se ha hablado de su resurrección como actor, de su olvido, de su inactividad. Desde su debut, en 1980, no ha pasado ni un solo año sin que Rourke, dejando a un lado su vida sediciosa, sus combates pugilísticos y su deformación a causa del botox, haya participado en alguna que otra película. Nunca se fue, pero es cierto que este papel es su renacimiento como intérprete, su mejor y más aplaudida interpretación. Y lo es porque Rourke desnuda su alma y vive a través de un personaje con el que le une cierta afinidad personal y profesional. Se muestra capaz de darlo todo con la cercanía de aquello que se narra, con esa caída de un mito que, aunque sea por un breve lapso de tiempo, reivindica su grandeza como actor mucho más allá de la rudeza con la que este monstruo actoral compone cada movimiento. Una actuación de probidad envidiable, de un calado dramático y contenido como pocas veces puede verse en una pantalla. Rourke exprime las aristas emocionales del gradullón para llenarlo de vida, de rebeldía ante la adversidad, de naturaleza humana a la hora de afrontar su desafío ante las segundas oportunidades. El inolvidable protagonista de ‘El corazón del ángel´ y ‘Manhattan Sur´ contagia su triste humanidad con una tierna mirada escondida bajo una presencia contundente.

Miguel Á. Refoyo “Refo” © 2009

fuente: http://refoworld.blogspot.com/2009/03/review-el-luchador-wrestler.html

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